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13.04.2017 -10:10 hs    Nota Leida: 2524 veces

En su nuevo libro, Enz revela la historia de la amante de Urribarri
La semana próxima saldrá a la calle, en Entre Ríos, el nuevo libro de Daniel Enz. Se trata de El clan (La familia que se apropió del Estado. Negocios, corrupción y falsedad ideológica). Allí se da cuenta de la historia política del ex gobernador Sergio Urribarri, la incidencia de su grupo familiar y de sus principales colaboradores en las últimas administraciones de gobierno, con prólogo del reconocido periodista Nicolás Wiñazki,.


REPORTECUATRO accedió al texto del adelanto, y de allí extractamos una parte de la historia que Enz cuenta sobre Urribarri y su paso por General Campos.
Sergio Urribarri había nacido a escasos kilómetros de General Campos; precisamente en Arroyo Barú, un poblado de no más de 500 habitantes, el 7 de octubre de 1958. Hijo de Miriam Teresita Luchessi, una maestra de escuela rural y de Jorge Enrique Urribarri, jefe de una pequeña estación ferroviaria, estuvo hasta los 18 años en esa pequeña comunidad, hasta que su padre fue trasladado a General Campos, a no más de 60 kilómetros de Concordia y muy próximo a la ciudad de San Salvador.
Sergio Daniel es el segundo de tres hermanos. El primero, Guillermo, es médico. Armando, que era veterinario, falleció en el 2016 tras combatir largamente contra el cáncer. Junto con sus humildes padres, los tres vivieron de chicos en la estación de trenes de General Campos; mucho tiempo después se trasladaron a una casa ubicada más “en el centro” del poblado. Don Jorge Enrique había sido candidato a presidente comunal por el peronismo, pero no le fue muy bien en las elecciones. No obstante, Sergio Daniel no abrazó de entrada su amor por el general Juan Perón, porque en principio simpatizó más por el radicalismo, en especial por el furor que habían generado las ideas de Raúl Alfonsín y así se lo hacía saber a algunos de los amigos del pueblo. Fue en ese momento en que conoció al entonces jefe de la bancada radical de diputados nacionales, el victoriense César Jaroslavsky, quien les había prometido una ambulancia para el pueblo. Uno de sus mejores amigos lo quiso sumar a la Juventud Radical, pero Urribarri marcó distancia, más allá de su buena relación. “Si hacemos un partido vecinal, nuevo, te acompaño”, le dijo.
Entró a trabajar a la sucursal del Banco Mesopotámico a principios de los ’80 y al poco tiempo se puso de novio con Ana Lía Aguilera, también proveniente de una familia muy humilde. No pocos recuerdan una foto de ambos en los carnavales de 1982, arriba de una carroza, donde, al parecer, la muchacha, que lucía una malla turquesa, ya esperaba al primer hijo. El embarazo le trajo algunos problemas familiares a Urribarri; el padre de la joven -que tenía entre 17 y 18 años- trató de propinarle una paliza, corriéndolo con un cuchillo y tuvo que intervenir el policía Rubén Espinosa para que el cruce no pasara a mayores. El sargento dejó escondido en su casa particular a Urribarri, hasta tanto se le pasara la furia a su suegro. Esa fuerte ligazón con los Aguilera hizo también que en las elecciones del ’83, Urribarri tuviera que colaborar con la campaña de su tío político, César Aguilera -hermano del padre de Ana Lía-, que fue candidato a intendente por la UCR en el pueblo.
Los Aguilera eran muy allegados a la Iglesia y la situación del embarazo de Ana Lía había generado una fuerte conmoción familiar. Esto motivó que la joven pareja se marchara de la casa familiar y fueran a vivir a una vivienda social -que terminó destruida en el pueblo con el correr de los años-, que la comuna había construido en la década del ‘70.
Intentó avanzar con la carrera de Ciencias Económicas en Concordia, pero el crecimiento familiar lo complicó. Uno de sus amigos del lugar le hacía incluso las monografías en su máquina de escribir, en los horarios de la siesta o la tarde. Varios días a la semana hasta iba al banco a trabajar junto a él.
La madre de Ana Lía -doña Paula Medina- también era maestra y el padre, Nepomuceno Aguilar, atendía una librería muy chiquita de General Campos. Es la única mujer de tres hermanos; uno de ellos cura, Aníbal Aguilera, quien ingresó al Seminario de Paraná, después de varios noviazgos conocidos en el poblado y una adicción: las motos importadas. Con esto último se sigue moviendo y no lo ha podido superar. En medio de los pobres o los necesitados, el cura Aguilera no tiene problemas en andar sobre su moto de alta cilindrada. Y si debe defender a su cuñado Sergio Daniel, no duda en utilizar el púlpito o algún que otro micrófono. Lo más saliente fue en el conflicto del campo, cuando salió en contra del reclamo de los productores de Chajarí, cuando se encontraba en la Parroquia Santa Rosa de Lima de dicha localidad. «Se escuchan muchas agresiones, muchas acusaciones, que es repetir el `crucifíquenlo´ que le gritaban a Jesús; hay que dialogar, pero con respeto, no hay que creerse con el derecho de avasallar al otro», indicaba con énfasis. El otro, el menor, siempre fue el apañado de Ana Lía: Juan Pablo Aguilera, a quien nunca se le conoció trabajo alguno, hasta que su cuñado llegó al poder en Entre Ríos.
La primera actividad política de Urribarri fue precisamente en General Campos. Tenía 20 años -o sea en 1978, plena dictadura y año del Mundial de fútbol en la Argentina- cuando un amigo lo convocó para que trabaje ad honorem en la Comisión de Cultura de la comuna. “Ayudó dos o tres veces con unos carteles para la Navidad, pero no más que eso”, recordó ese allegado. Mientras tanto, no dejó de trabajar como bancario. De igual manera, los integrantes de esa comisión le juntaban algo de dinero para darle, porque el sueldo del banco no le alcanzaba para mantener tantas bocas.
Fue entre 1982 y 1985 aproximadamente, que Urribarri sumó otra actividad laboral, los fines de semana y junto a su mujer. Su entrañable amigo José Luis Galván puso un boliche bailable en San Salvador, que se llamaba Nipur y ellos eran los que estaban en la caja o en el guardarropa. El boliche terminó cerrando casi diez años después, cuando unos pibes concordienses le prendieron fuego al techo de paja del lugar, en revancha porque una semana antes no los habían dejado ingresar por ser menores. Desapareció en diez minutos por el accionar del fuego.
Algo le cambió la vida a Urribarri cuando se presentó como candidato a intendente de General Campos, en 1987, junto con la lista que postulaba a Jorge Busti para gobernador. No obstante, nadie lo recuerda como un “buen administrador”. Al contrario, todos hablan del “desastre” que hizo en la comuna, consecuencia quizás de su inexperiencia. Los hermanos Quintana fueron los que lo llevaron como candidato del pueblo; lo consideraban “un buen muchacho” y “trabajador”, en su rol de cajero del banco. Le ganaron las elecciones al referente del Molipo (Movimiento de Línea Popular), que lideraba el ex embajador de Jorge Videla en España y ex gobernador entrerriano, el paranaense Jorge Washington Ferreyra. La noche anterior le pincharon todas las gomas con clavos miguelitos a todos los allegados al partido de derecha y por ende casi los dejaron sin movilidad. Fue por orden de Urribarri que, en la jornada anterior al comicio, también se buscaron a todos los ciudadanos humildes del pueblo, a los borrachines, discapacitados o gente de la tercera edad, para encerrarlos en un galpón y darle asado y buen vino. Era la forma de asegurar el voto a primera hora de ese domingo electoral. El único que se escapó fue un tal Domingo del Fío, de la Colonia El Caracol, que era un personaje muy querido. Esa noche fue hasta las vías del tren y se arrojó al paso de la maquinaria. Camote quedó desconsolado. Cuando Urribarri lo vio, fue y le preguntó qué había pasado que estaba así.
--Es una gran pena todo esto que sucedió con Domingo. Qué le vamos a decir a la familia, Pato. Decime por favor.
--No te preocupes; es un borracho menos para el pueblo.
La respuesta de Urribarri le cayó muy mal al militante. Solamente lo miró; puteó entre dientes y se mandó a mudar. No daba para más.
Al día siguiente de ese 6 de septiembre de 1987 en que el peronismo recuperó la victoria en Entre Ríos y en buena parte del país, Urribarri decidió temprano viajar hasta Concordia para encontrarse con el intendente y gobernador electo, Jorge Busti.
Antes de salir pasó por la casa del militante José María Camote Bogado, quien había sido clave en la campaña. “Camote, en un rato me voy a verlo a Papá (en referencia a Busti). ¿Vos me acompañás, así le pedimos algunas cositas para nosotros?”, preguntó Urribarri. Bogado le dijo sin medias tintas que no tenía nada que pedir. “Tengo laburo y con eso me alcanza. Hay mucha gente que precisa trabajo; no es mi caso, Pato. Saludos nomás”, le dijo.
Bogado era un reconocido dirigente barrial en Campos. Querido y respetado. Esposo de C.L., enfermera del pueblo, con quien tuvo dos hijas. Dos años más tarde, Bogado estaba separado de hecho con su mujer, pero seguían conviviendo. Y se enteró de las “buenas relaciones” que tenía su ex con Urribarri. No lo soportó, porque no pocos se lo decían en Campos, pero eran más los que se lo ocultaban, aunque el comentario era vox pópuli.
Una siesta estaba en la plaza, frente a la comuna, junto a una de sus hijas -que por esos días tenía no más de 7 años- y a su amigo Marito Gómez, cuando observó que llegaba Urribarri en un auto amarillo. Estaba cerrado el edificio municipal pero Urribarri, llave en mano, ingresó a las oficinas. Bogado solamente quería hablar con el intendente y pedirle algunas explicaciones. Camote ingresó por la parte de atrás; por la cocina.
Urribarri se alteró cuando lo vio y automáticamente abrió los brazos para saludarlo efusivamente. “Ey Negro, ¿cómo andas vos?”, le preguntó, como si no pasara nada. Bogado no se calló nada. Le cuestionó severamente la actitud con la madre de sus hijas; le recordó que ellos eran “amigos y compañeros” de hacía mucho tiempo; que siempre había estado con él y que hasta le bancó con algunos pesos de su pequeño negocio la campaña proselitista.
Urribarri no estaba solo, sino con otras tres personas. Entre ellos, Emiliano Giacopuzzi, quien casi tres décadas después aparecería como testaferro de Juan Pablo Aguilera en sus negocios turbios con el Estado. Camote se molestó con la falta de respuestas del intendente y emprendió a golpes. Urribarri terminó en el suelo, totalmente acurrucado en un rincón. Solamente decía “no me pegues Negro; no me pegues”. La última trompada dio de lleno en el pómulo derecho de Urribarri. Bogado nunca olvidó cómo ese golpe provocó la fractura de dos de sus dedos y una herida cortante en la cara del presidente comunal, que terminó con mucha sangre.
Urribarri salió corriendo y se chocó con un escritorio, porque era una oficina chica, que servía para reuniones. Cuando se incorporó, Camote estuvo a punto de golpearlo nuevamente, pero fue interceptado por los otros tres asistentes, que hasta ese momento no habían movido un dedo. Zafó apenas pudo, tiró unas piñas a los empleados y siguió tras el intendente.
Urribarri se había escondido en un baño chiquito y trabó con llave. Bogado, que estaba en ojotas, igualmente comenzó a patear la puerta descalzo hasta romperla. El Pato estaba casi prendido al techo y no lo pudo sacar. Camote tampoco insistió. Por segundos se acordó de sus hijas mujeres, de su trabajo y de que ya no era necesario seguir con tanta violencia. Optó por irse. Urribarri fue trasladado a Arroyo Barú para ser atendido por su hermano médico y no apareció durante una semana por la Municipalidad.
El intendente nunca denunció el episodio. La Policía del pueblo sabía perfectamente lo que había ocurrido pero optaron por mirar para otro lado.
 

 
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